martes, 12 de marzo de 2013

Jodido


Cuando regresé a Lucena, tras mi etapa en Jerez, lo tuve claro: “no quiero volver para trabajar en una fábrica, quiero buscar otras cosas”. Nunca una declaración fue más estúpida ni menos acertada. Lo mejor, o peor, de aquellas palabras fue que no tuvieron más destinatario que mi madre. Mi santa madre.

Por aquel entonces volvía a casa de mis padres con la ilusión de no tener que volver a trabajar en una fábrica en lo que me quedara de vida. Hoy lo tengo por mi mayor anhelo, como un sueño imposible y la quimera más extraordinariamente complicada de lograr de cuantas me pueda proponer (reducción del perímetro barriguil incluido). ¿Quién me creía que era? desde luego no el mismo que me creo ahora. Incapaz de encontrar un empleo más allá del buzoneo puro y duro.

Intento escribir estas líneas con algo de sentido del humor, pero la barrera de la realidad es demasiado alta y mis fuerzas, escasas. Se que los que me quieren al leer esto se sentirán frustrados y tristes. Lo primero por no lograr que me sienta bien y lo segundo como consecuencia directa de lo primero. Tengo que pedirles perdón por ello y les prometo, como tantas otras veces, que intentaré cambiar la situación. Pero hoy necesito desnudarme, alejado de comentarios políticos, enjuiciamientos cinematográficos y tonterias varias en un momento de mi vida tan polarizado. Por un lado esta situación, tenebrosa y ruinosa. Por otro, una boda que espero y deseo con todo mi ser, para poner el altavoz y los focos sobre la felicidad que siento al haber conocido y ser amado por Lourdes.

Esa dualidad, esas situaciones que se enfrentan por mi estado de ánimo tienen un tercer factor, la familia, aliada de mi ser feliz y asidero frente a la falta de recursos y trabajo que me hace resbalar y sentirme regular, como este inicio de semana. Y si miro por la ventana y contemplo el horizonte húmedo y rebosante de agua llovida casi todo se cierne oscuro. Pero en esta desnudez no puedo dejarme vencer por ese lado, pienso que junto a mí tengo al ser más maravilloso que ha parido madre y que todo no puede sino tender a arreglarse. Y así será. ¿Qué sería yo sin la familia que amo y la mujer por la que cruzaría el universo?

Hoy me he resguardado de la lluvia en casa, recogiendo pedidos. Lo he hecho por teléfono, como no se debe hacer. Porque hay que ir a la casa del socio. Hablo de Círculo de Lectores, por supuesto. He podido recabar no más de diez pedidos, algunos con sacacorchos pero igualmente válidos para la estadística. Y es que si no supero el setenta por ciento de socios que piden el que se queda sin empleo soy yo. Eso no se lo puedo decir a ellos, es normal. Soy un comercial de la cultura en un lugar en que los libros se descargan, la música de baja y las películas se ven en televisión. No hay dinero, la gente que lo tiene no lo quiere gastar y yo tengo que apremiarles para recogerles el pedido de algo que ni necesitan ni les va su vida en ello.

Mi madre es una agente de Círculo ejemplar. Ahora delega en mi hermana, que lleva en sus genes la voluntad y acierto de nuestra madre. Yo me desanimo con demasiada facilidad ante un no, ellas todo lo contrario. Como si les hiciera más fuerte tratan de que esa negativa se convierta en una positiva. Yo no tengo esa fuerza. Lo reconozco.

Trato de sumar a mis precarias cuentas unos euros repartiendo publicidad. Portal a portal, zaguán a zaguán, buzón a buzón. Unas veces tres mil octavillas, otras veces cinco mil, y en unos días repartiré diez mil. Es una manera de ganarse la vida. Tan honrada como dirigir un banco. Bueno quizás algo más. Yo con mis acciones no desahucio a las personas, pero si a mi orgullo. El mismo que hace casi dos años y medio dijo que no estaba para fábricas.

Este es un post desordenado, con acumulación de frases sin hilo ni aguja que salen desde las entrañas y vísceras del estómago. Hoy no es día de gracietas ni análisis que no le casi nadie, sólo de mostrarme tal como me siento hoy, un martes doce de marzo de dos mil trece, inmensamente feliz y al mismo tiempo muy frustrado por una realidad en el mercado laboral que golpea como un martillo el ánimo de muchas personas, demasiadas.

miércoles, 27 de febrero de 2013

El paseante, el amigo de la infancia y el tipo del batín


Encontróme en la calle llamada de los Floristas y una idea me sobrevuela de sien a sien: ¿y si ellos no fueran ellos y fueran aquellos? Con zancada grácil cruzo por el paso dedicado a los pedestres, sito en la confluencia de la calle antes mencionada y la calle de los Estibadores. Y dicha idea se mantiene entre los lugares indicados. Es en ese momento, ni antes ni después, cuando la mirada de un amigo de los de antes y la mía se entrelazan. Él se hacía llamar, cuando éramos amigos de infancia, Gregorio y ahora, por motivos que no vienen al caso, Lucendo. El caso es que tras el intercambio de miradas sucede otro de manos, unas palabras compromisarias y un hasta luego que me dejó un sabor de los llamados agridulces. No dudo ni media milésima de segundo en solicitarle audiencia para tomar un tentempié en una de las múltiples tabernas que adornan el barrio llamado de Los Profesionales.

Lucendo accede, creo que más por no incomodar mi cortesía que por deseo expreso de su cuerpo y mente. Nótole abstraído en las nalgas de una señora estupenda que pasa ante el ventanal de la Taberna la Zurrapilla cuando me señala con angustia a un tipejo que sujeta una farola. El hombre se mantiene en esa postura tocado con un sombrero de copa y ataviado con un batín de raso rojo mientras trata de pasar desapercibido leyendo un periódico al revés.

Le inquiero a Lucendo por sus desvelos a causa de tan peculiar personaje, ¿temeroso mi amigo de que tras esa estética se esconda un brutal pergueñador de estafas a empresas hidroeléctricas? ¿o tal vez se trata de un marido celoso que sigue a ex-Gregorio allá donde va con la intención de pedirle cuentas por el mancillamiento de su matrimonio? Ante mis propios desvelos Lucendo se aviene a contarme una asombrosa historia a través de la cual entenderé, dice, los motivos de su no quietud y ojos exaltados.

Habla Gregorio, digo Lucendo:


martes, 26 de febrero de 2013

Consecuentes






¿Puede un político de derechas ejercer como tal sin menoscabo de sus creencias religiosas? Ante una pregunta así no cabe lugar a dudas, o al menos no debería –a mi juicio-: No.

Tengo muchos amigos que del otro lado ven una amenaza la influencia de la Fe en el modo de llevar a cabo su labor desde el escaño de un diputado/a del Partido Popular. Yo no. Son consecuentes.

Ante la profunda convicción de dirigir una serie de políticas conservadoras desde el ángulo que otorga una actividad prominente en la vida de la Iglesia (católica) no tengo más que pensar que quien la lleva a cabo es un ser honesto y fiel. La honestidad que marca el hecho de dejarse imbuir por lo que cree correcto y la fidelidad a una manera de entender la vida, que siente como la mejor y pretende que todos la llevemos a cabo.

El asunto está en que si, pongamos por caso, el aborto y su encaje en el código penal, o civil, o el que corresponda, ha de ser debatido por sus señorías lo más normal del mundo es que quien defiende su postura desde la derecha haga valer sus valores cristianos en la defensa a ultranza, y sin atenuantes, de la vida humana -embrionaria o en proceso.

Y así otro tanto con el divorcio, la educación, la sanidad, los impuestos, el concordato, etc, Y es que si la política es hacer las cosas de una determinada manera para que el pueblo, y quien lo habita, viva de forma satisfactoria es natural que la derecha de este país, y de todo el orbe, pretenda hacerlo siguiendo los designios de la religión de bandera de ese lado de la bancada congresual.

La izquierda, por el contrario, vive en ese libertinaje sesentero que tan malos resultados ofrece a sus votantes. No hay freno al desenfreno, ni medidas que no se puedan tomar para evitar que puedan seguir viviendo al límite, sin pensar en el mañana, en la ética ni la moral. Son varios los partidos y coaliciones que malviven en el lado oscuro de la vida y así quieren trasladar a la sociedad una impronta de falsa libertad y excesos de permisividad.

El señor de derechas, diputado en el Congreso de los Diputados, votante afirmativo de una ley que dificulte a las mujeres el acceso al aborto no se irá a la cama esa noche con la mala conciencia de estar haciendo la puñeta, por ejemplo, a una mujer que ha sido violada por su padre y que, a consecuencia de ello, ha quedado preñada del amor paterno. Por contra el diputado de izquierdas, ataviado con sus coderas y sus pantalones de pana, deberá ahogar las penas con un botellón en el parque del barrio donde podrá consolarse con sus camaradas por la oportunidad perdida de dar cierta dignidad a una victima tan doliente.

Así pues no deberíamos rasgarnos las vestiduras por ese partido de derechas, católico y tan español que lleva a cabo sus políticas gracias a una mayoría absoluta indiscutible. Por lo que sí podríamos llevar a cabo algún que otro ejercicio de reflexión es en el hecho de tener un principal partido en la oposición cada vez más envejecido, pequeño y parecido al gobernante. Y es que si estos siguen en el lamento comunero de que la derecha es muy de derechas y que el canto gregoriano es cosa de los monjes de Silos dentro de tres años las ciento diez señorías que hacen el ridículo en la oposición cederán unos cuantos asientos a los que en verdad tratan de acercarse más a la calle, a las plazas y al latido de una juventud desencantada, no ya con la clase política sino con todo lo que huela a esta democracia tan abstracta y fría.

lunes, 18 de febrero de 2013

El dragón de cuatro cabezas


Hubo un tiempo en que tres hombres de Fe se disputaron el liderazgo de la Iglesia Católica. El primero se hizo llamar Benedicto XIII y era considerado un antipapa. Gobernaba los designios de la cristiandad desde su lado del Cisma de occidente en Avignon y no reconocía al Papa electo en Roma, Gregorio XII. Este último había sigo designado en cónclave en 1406 con la intención de que iniciara conversaciones con el otro para que ambos renunciaran, se pudiera hacer otro cónclave y elegir un único Papa que los representara a todos, algo parecido al anillo único. Como no se pusieron de acuerdo hubo un tercer tipo que se les coló por un atajo llamado Concilio de Pisa del que salió como papa. El segundo antipapa y el tercero en discordia. A este lo eligieron los cardenales revoltosos de Gregorio XII y Benedicto XIII reunidos donde la torre torcida. Se hizo llamar Alejandro V y ese hecho tuvo lugar en 1409.

A la muerte de Alejandro V el emperador Segismundo quiere poner orden en el asunto y decide reunirlos a todos. Gregorio acepta renunciar, Alejandro también, pero Benedicto, que era muy suyo, no. Intenta hacer la del gato, le interceptan en la huida y le obligan a que haga lo mismo que los otros para terminar con tanto cisma. De ahí sale Martín V, papa único e indivisible.

Así que oficialmente el último papa que hizo lo mismo que el de ahora, renunciar, fue Gregorio XII. Y lo hizo por el bien de la organización que lideraba. O eso creía él. El caso es que el de ahora que, cosas de la vida, se hace llamar Benedicto XVI ha reflexionado sobre su cansancio, edad y salud y ha llegado a la conclusión que lo mejor es largarse a un convento donde tomar sopa de pescado con toda la tranquilidad que da el haber dado el campanazo. Los medios afines a la Iglesia no quieren mostrar a sus lectores, oyentes o tele espectadores las intrigas que cuatro organizaciones han estado montando desde que Joseph fuera producto de la fumata blanca. Hablo de Legionarios de Cristo, Opus Dei, Camino Neocatecumenal y Comunión y Liberación. Desde la llegada de Ratzinger el poder de los cuatro jinetes del apocalipsis ha peligrado considerablemente en relación al que ostentaban con Juan Pablo II.

El relativo aperturismo del papa, en funciones, en temas tan espinosos como los escándalos por abusos sexuales y un posicionamiento algo tibio, pero sorprendente, sobre el uso de preservativo en según que casos hizo saltar las alertas en las organizaciones ultraconservadoras, que vieron su influencia apartada de toda decisión sobre estos temas. Ahora que el Papa se marcha voluntariamente no han sido pocos los especialistas de uno y otro lado (el que que marca el seguidismo mas rancio y el que quiere saber la verdad) que han tratado de esclarecer u oscurecer el pensamiento de los fieles.

De igual modo que la prensa se ha polarizado hasta unos extremos insoportables, la Iglesia lo ha hecho entre quienes a todo les parece bien y los que, creyentes convencidos también, piensan que existe otro modo de llevar las riendas de su fe. Cuando hace casi setecientos años se eligió a un noble veneciano como Papa, Gregorio XII, con la intención de que terminaran los problemas de bicefalia no imaginaban que un ratón de biblioteca tendría que luchar siete siglos después contra un dragón de cuatro cabezas con un abrecartas como única defensa, y que la cobardía de un tipo llamado Joseph Ratzinger terminaría por minar la moral de millones de católicos que habían encontrado una rendija por la que colar su optimismo aunque este fuera tan frágil e irreal.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La vida pasar


Ves la vida pasar. Tienes anti ti un sinfín de oportunidades que no alcanzas a aprovechar. Pasan los días, luego los meses y los años. No eres capaz de lograr meta alguna porque no has querido marcarla.

Tienes algo, te da para menos que lo necesario. No te sientes con fuerzas para llevarlo a cabo. Cuanto más te impliques mayores serán los exiguos beneficios. Pero el cansancio te ancla en una realidad que insistes en maquillar con sonrisas y mascaradas.

Como un látigo que azota tus sueños. Así quieres verlo, así quieres que los demás lo vean. Pero la realidad que tratas de ocultar aflora cuando una mañana te despiertas y sientes que todo es artificio y luces de neón.

Las verdades te hieren el alma, porque eres consciente de tu debilidad. La fuerza que te suponen es un efecto especial creado por tus defensas. Preparado ante el ataque preventivo que lanzarás sobre ti eres incapaz de afrontar la realidad como lo que es. Devastadora.

Ya no buscas, porque crees que no hay nada que encontrar. Te cuentas esa mentira una y otra vez. Y no cuela. Desmitificas tu mentira a base de la mirada torcida que cada día te devuelve el espejo. Y crees que la solución es aprender a afeitarte o lavarte los dientes sin la ayuda del que todo lo escupe.

Eres un buen tipo. Tienes la capacidad para salir y comerte el mundo. Pero has preferido que el mundo te coma a ti. Te ilusiona algo que te unirá para siempre a quién amas. Pero sabes que necesitas encontrarte con la responsabilidad. Todo lo que te rodea te dará las oportunidades que necesites.

Tienes lo más importante para la lucha. Las personas. Desde los que tienes más cerca hasta los que te apoyan sin reservas desde el silencio. Tienes el afecto y el amor. Tienes el respeto de quien ve en ti un valor añadido a sus vidas.

Disfruta de la lucha. Aprende a hacerlo. Ese es el camino para que los demás crean en ti como tú debes creer en ti mismo. La búsqueda ha de ser incesante, alejada de los tópicos que ennegrecen el día a día.

Marca un objetivo. Se honesto y lucha por lograrlo. Metas que una vez alcanzadas te propongan otras. Y así hasta llegar a la última y más importante. Volver a creer en que eres capaz de todo.

viernes, 5 de octubre de 2012

El trabajo más hermoso del mundo


Una agente de Círculo de Lectores lleva un pedido a una socia. No se encuentra en casa y es la madre la que abre la puerta y atiende a la agente, mientras esta espera en la puerta escucha la siguiente conversación:

-Manolo dame quince euros
-¿Para qué?
-Para la mierda esta
-¿Esta niña está todavía en esa mierda?
-Sí, y encima esta mañana tuve que darle veinte euros para gasolina. Y ahora esta mierda.
-Al menos la gasolina es gasolina, pero esto es una mierda.

Tras el diálogo sale la madre de la socia y abona el pedido que su hija había hecho, el libro “La educación del talento” de JoseAntonio Marina.

Es una situación real. No es fruto de la imaginación de este juntaletras. Se produjo no hace muchos días. Lo se de buena tinta, mi madre es la agente de Círculo de Lectores que esperaba en la puerta a que los padres de la socia se decidieran a abonarle el libro que su hija había pedido.

Mi madre trabaja como agente para este club de lectura desde hace casi quince años, yo desde hace siete, y nunca he visto a nadie desempeñar un trabajo con tanta dignidad y orgullo como ella. Es como si se hubiera leído todos los libros que vende por el modo en que es capaz de transmitir elegancia, educación e inteligencia. Y aunque tiene poco tiempo libre si es una lectora avispada y feliz.

No es la primera vez que me cuenta algo así, yo también he vivido situaciones similares. Pero mi madre se lleva la palma en cuanto al anecdotario más sublime. Como aquella vez que visitó por primera vez a un socio y este para hacer saber que no quería nada de libros le tiró una naranja desde un tercer piso. El cítrico se exprimió contra el capó del Fiat Punto de mi madre. O aquella otra en que una adolescente inquieta y con ganas de aprender le pidió que le dejara los libros en otra dirección porque a sus padres no les hacía ninguna gracia que malgastara el dinero en esas cosas, al menos los suyos no los asemejaban a las deposiciones matutinas.

Cuento todo esto porque muchas veces cuando he estado visitando a los socios, con lluvia, sin ganas, sintiéndome ridículo por llevar un carrito de la compra con libros y revistas pienso en ella y una sonrisa se me dibuja en la cara. Busco cualquier excusa y la llamo sólo para saber que está ahí y que ella convierte el trabajo que haga, sea el que sea, en el más hermoso del mundo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Un él en busca de un dónde.

Como llegué me voy, al menos por el momento. Es hora de volver a leer como es debido (en la manera que entiendo tal mandato); de ver unas cuantas películas y series que tengo pendientes; de mirar la vida y contármela en secreto en una discreta libreta.
Siento que ya no tengo mucho más que decir, y que cuando lo he hecho no ha sido como a mi me habría gustado. Soy un crítico feroz con todo lo que hago, ¿pero quién no lo es?
Abro el armario para cubrir mi desnudez lentamente, sin prisas, con delicadeza.
No es un adiós, sólo un hasta luego.